El superviviente 2.0
Exhalo las últimas bocanadas de aire fresco de mi hogar y abro la puerta para entregarme al aliento adulterado de la atmósfera urbanita. Busco entre mis opciones vitales la de activar los datos móviles para así conectarme al entramado tecnológico que nos envuelve sin apenas darnos cuenta. Más pronto que tarde, adivino el sonido de una notificación push que se adentra en las entrañas de mi dispositivo móvil para advertirme de las más amplias nimiedades que sostienen mi día a día. El reloj del smartphone se convierte en indispensable mientras callejeo por la metrópolis en busca de mi destino, mi objetivo diario. En un marcador digital enorme apostado en el extremo de una acera en una de esas calles transitadas el que recibe los primeros rayos de luz de la mañana y advierte a los transeúntes de la algidez del entorno. No existe en ningún otro lugar del mundo la más clara sensación de que el tiempo no transcurre en absoluto: Coches parados, semáforos en rojo, peatones apeados a la espera de recibir la venia de pasar... Ni el mejor pintor puede plasmar la retrospectiva complejidad de la urbe despierta. Fragancias y olores de todos los tipos forman un amasijo de sensaciones que acaban convirtiéndose en partes de ti una vez que la travesía se convierte en rutina.
Leer y caminar se convierten en dos acciones contrapuestas, lideradas por un mismo ente. La concentración y la costumbre toman entonces dos labores esenciales para evitar la colisión inminente contra algún elemento del entorno o contra algún individuo de la misma especie. Se produce entonces la paradoja de vivir aislado del mundo 1.0 para permanecer conectado al mundo 2.0 o como permanecer consciente e inconsciente al mismo tiempo. Imágenes divertidas, de ánimo... Declaraciones anónimas sin más introspección que la de dar a conocer al mundo su estado anímico o el último chiste de moda en Twitter. Formas de amenizar la "caja tonta" más antigua del universo: La mente humana, mientras caminamos de forma preconfigurada hacia la brega diaria. Más pronto que tarde debemos comprender que para vivir en el mundo 2.0 hay que cumplir con múltiples obligaciones en la vida analógica, y una de ellas es desconectar de la forma más cruel posible, que es arrancar de cuajo el invisible e indoloro cable que nos une a ese universo artificial. Nuestra mente vuelve a conectarse a ese mundo de músculos y tendones, de oxígeno y metal, de vísceras y neuronas para abandonar ese otro mundo de transistores y condensadores, voltaje y códigos; y nos recuerda el esfuerzo que sufre al subir unos escalones o al sentir el desgaste del frío matinal.
Mientras desempeñamos nuestra labor, nos vemos más o menos atenazados por una pieza ingenieril y conciencia virtual que lleva tanto tiempo ya en nuestra sociedad que hemos aprendido su nombre antes que el del lirón o el colibrí: El ordenador, mal llamado "PC" generacionalmente. Es difícil comprender que no exista lugar donde una conexión no se haya vuelto indispensable, donde un programa de ordenador no pueda competir contra la lucidez de una persona elaborando un cálculo de forma tradicional. Creíamos en un pasado que nos íbamos a convertir en cyborgs con exoesqueletos de titanio, cuando lo cierto es que hemos acabado deshumanizados por una herramienta. ¡Que trágico! 30 minutos para descansar. Lo justo para visitar ese mundo tan cruel y tan ideal a la misma vez al tiempo que satisfacemos las precarias necesidades del cuerpo antes de rendirnos a la digna labor de laborar. Subimos nuestro estado a Facebook, nos interesamos y simpatizamos con las emociones de los demás conectados y ponemos de manifiesto nuestras necesidades, aspiraciones, miedos, inseguridades y firmamos un verso de amor esperando conseguir la aprobación de alguien que se encuentre al otro lado.
Según transcurre la tarde volvemos a sentirnos interiormente fuera de ese metauniverso que se esconde tras una pantalla LCD. Ese sentimiento se va acrecentando según vemos caer la tarde hasta que la vespertina luz del crepúsculo nos advierte que nuestra jornada esta llegando a su fin. De vuelta a casa nos topamos con un escenario cuyos niveles de romanticismo supera y con creces cualquier cosa plasmada en un oleo o poema. Metáforas y más metáforas: Aceras abarrotadas de gente volviendo a casa, que representan la redención y liberación del alma, personas que buscan en el atardecer esa burbuja impenetrable de inspiración, tranquilidad y sosiego. Gente que no tienen un lugar a donde ir y animales que olvidaron hacia donde volver. El sentido de la vista abandona la vanguardia para dar paso al oído y el olfato, que se adueñan rápidamente de la situación. Olor a comida rápida, a perfumes lejanos... El sonido de los semáforos, el claxon de algún vehículo que se pierde entre las calles... La ciudad interpreta una serenata y tu eres su espectador. volvemos a sentirnos amenazados con chocar con alguien o algo. Hacemos balanza y preferimos arriesgarnos porque la conversación de Whatsapp sobre el programa de anoche es más importante que nuestra integridad física y moral. Nos fijamos en que llevamos aun activado el Silencio en el móvil, pero no nos daremos cuenta hasta que no lleguemos a casa de que llevamos la bragueta del pantalón abierta. Milagros de la era contemporánea.
Home, sweet home. Alguien muy especial ha estado todo el día esperándonos y nos ha preparado una suculenta cena. Recibimos una notificación: "Felicidades, ha superado su objetivo diario: 1h caminando, 6634 pasos". Ironías de la vida que la cena contengan más calorías que las gastadas. Eres muy moderno para los convencionalismos sociales, así que en lugar de ver la televisión, prefieres sacarle partido a tu televisor último modelo y descargar con tu fibra óptima vitaminada una película de moda. Tu quieres ver El francotirador, pero en tu casa manda alguien más y al final acabáis viendo 50 Sombras de Grey. No esta todo perdido. Antes de reposar en tu cama te espera una larga lista de reproducción en Spotify que seguramente te haga desconectar definitivamente del mundo 1.0 y el 2.0 para embarcarte en un viaje hacia el mundo de los sueños, donde ni siquiera la Wikipedia sabe de que increibles sueños serás protagonista.

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